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Fabián “El Chileno” Guzmán (41) estaba detenido en una comisaría de Avellaneda. Tenía 26 años y era la primera vez que lo detenían. Sus 90 kilos de entonces, el buen estado físico y su temple, le evitaron problemas durante su breve estadía en aquella comisaría. Tal es así, que los de su celda no dudaron en darle algunos consejos para cuando le llegara el turno de irse. “Lo primero que tenés que hacer es armarte un fierro. Así ¿ves?”, y le mostraron cómo se armaba. Le explicaron que el mono son las pertenencias personales envueltas en una frazada que se carga en el hombro,como si fuese un mono.

Un sábado a la tarde, Fabián partió desde la puerta de la FAB (Federación Argentina de Boxeo) y se metió en el subte “A” para ir hasta el mítico café Los 36 Billares. Era la primera vez que viajaba en ese medio de transporte.

La historia de Diego Indarte (28) es diferente. La única experiencia que tuvo con un deporte de contacto antes de quedar detenido habían sido algunas prácticas de kickboxing cuando era adolescente. Al boxeo lo encontró cumpliendo su condena en Sierra Chica: “Agarraba las vendas y el protector, y estaba desesperado por empezar, como un perro que espera que lo saquen a pasear. Estábamos con mucha expectativa por demostrar, nos daban una palmadita de confianza y eso nos ponía bien”. Hoy, ya en libertad, da clases de boxeo a chicos de su barrio, en Lanús, y quiere terminar el secundario para poder estudiar Profesorado de Educación Física. Sin embargo, su recorrido carcelario tiene muchos puntos en común con el de Fabián y, seguramente, con el de la mayoría de aquellos que han estado privados de su libertad. Por ejemplo, la experiencia de los traslados. Esta dinámica rompe los vínculos construidos, quiebra las rutinas, se pierden conquistas: la escuela, las clases de guitarra y canto que Diego dio en algunas de las unidades en las que estuvo alojado durante los cinco años que duró su condena. O las competencias de ajedrez y matemática que, además de demostrar lo que sabía, le permitían ver la luz del sol.
Ambas historias fueron posibles a partir de la creación del programa “Boxeo sin cadenas”, que es un proyecto único en el país, está vigente desde hace 6 años. Esta iniciativa colectiva propone, a través de diferentes convenios con el Ministerio de Justicia bonaerense y con la FAB, llevar este deporte a todas las cárceles de la provincia de Buenos Aires. Por ahora funciona en Sierra Chica y en Lomas de Zamora. De esta manera, se presenta al pugilismo no sólo como espacio recreativo sino también como salida laboral para cuando los internos regresan al sistema socioeconómico. Ya que la FAB otorga credenciales a quienes hayan tomado las clases que brindan a través de este programa, como es el caso de Fabián, que actualmente es técnico de boxeo. La síntesis perfecta de este proyecto.
Fuente: LA NACIÓN