Máster Gratuito en Marketing Digital

Desde que ingresó al Complejo Esperanza, Agustín salió una vez, pero en el corto tiempo regresó al mismo sitio.

Con la experiencia de una infancia marcada por el encierro y la búsqueda de libertad, Agustín Colameo (21) critica las posturas que apuntan a bajar la edad de imputabilidad.

“Mi mamá fue detenida cuando yo tenía ocho años. Me quedé solo, y la Justicia me llevó de residencia en residencia”, narra.

“Me escapaba siempre, y la directora ya me preguntaba si necesitaba dinero para cospeles antes de que volviera a salir. A los 11, caí al Complejo Esperanza”, revela.

Para Colameo, es importante rastrear en la historia de un hecho delictivo, y remite a su propia historia.

“Me quedé solo. No tenía para comer ni para comprar zapatillas. Veía que la gente caminaba con ocho mil pesos en ropa. La injusticia que vivimos es la raíz de todos los problemas de inseguridad”, opina.

Desde que ingresó al Complejo Esperanza, Agustín salió una vez, pero en el corto tiempo regresó al mismo sitio.

“En mi barrio no hay centros culturales, por ejemplo. Hay uno solo que hoy se convirtió en mi lugar en el mundo. ¿Qué estamos esperando de los adolescentes si los dejamos sin colegios, sin hospitales y, sobre todo, sin la posibilidad de que sean artistas, futbolistas, deportistas?”, reflexiona.

Inclusión

Junto con otros jóvenes, forma parte de la organización civil Libertando, integrada por educadores y jóvenes que transitaron situaciones de privación de libertad. “Amo a Libertando. Amo la educación y el arte porque los maestros me salvaron. Sin ellos, el Complejo Esperanza es una cárcel”, dice y se emociona.

En su diálogo, no deja de emitir quejas y señalamientos por las vejaciones de las que dijo ser objeto en Complejo Esperanza.

“Cuando llegué, tenía 11. Era un nene. ¿Se entiende que era un nene? Me recibieron los guardias y, como era habitual, me echaron de un empujón a la celda de aislamiento”, rememora.

Recuerda esos años con dolor y siente que –salvo por la actividad que hacía junto con los “maestros”– fue un tiempo perdido.

“Espero que dejen de mandar chicos a la cárcel y den más oportunidades”, pide y describe cómo ve la realidad de quienes definen programas y políticas de gobierno que influyen en poblaciones de excluidos.

“Los políticos están sentados en un escritorio y cobran un sueldo enorme. ¿No tienen suficiente creatividad para pensar que un espacio de arte, de juego y de educación es mejor que una cárcel?”, se pregunta.

Actualmente, forja su carrera como rapero, y fue reconocido por sus pares y por organizaciones gracias a su talento.

“Hago rap y beat box. Me pueden encontrar en las redes sociales y en streaming por YouTube”, se presenta, orgulloso.

Planea viajar a Colombia, porque la última vez que estuvo en aquel país cosechó éxitos. También quiere ir a Brasil.

“Me está yendo bien. Con plata, voy a hacer los proyectos que los políticos no hacen. Nos merecemos esa oportunidad”, asegura.

 

fuente: LA VOZ